jueves, 12 de junio de 2008

El hijo del Acordeonista

Con las primeras páginas de El hijo del acordeonista comencé a llorar sin saber muy bien porqué. El libro me lo leí ferozmente, diría que en ese modo en el que yo considero que sólo los niños y los adolescentes son capaces de leer.
Me llamó la atención mi derramamiento de lágrimas sin motivo aparente e intenté buscar la razón por la que ese inesperado sentimiento de pérdida me había invadido.
En un momento personal que sin lugar a equivocarme podría tachar como uno de los mejores de mi vida y en el que cada experiencia novedosa e interesante estaba esperándome al poner un pie en la calle, de pronto, el libro de Bernardo Atxaga me había recordado esa sensación que siempre me ha compaña de pérdida del paraíso perdido. Acababa de regresar ese mismo día a Londres de vuelta de mi pequeño pueblo Unlugarenelpasado y sentí las semejanzas con el protagonista del libro que enterraba las palabras para que no se perdiesen. En cierto modo desde siempre quiero encontrar ese proyecto que me permita que las palabras de mi infancia no se pierdan en el olvido, que el modo de vida de siglos no desaparezca con el cierzo que recorre las calles, que la tierra con la que los adobes se hicieron no vuelva completamete a la tierra, qué al menos la memoria de mi infancia quede por escrito, ya que mi pequeño pueblo en el que hoy viven solo veinticinco almas, el modo de vida que ha acompañado a mi infancia está a punto de desaparecer, y yo no quiero que los recuerdos de ese mundo desaparezcan. No pienso que el modo de vida de mi infancia sea mejor o peor que el venidero o que el anterior, simplemente me produce una profunda tristeza que se pierda la información sobre un tiempo que forma parte de mi y que es el culpable de mi actual forma de ser.
Estos días en los que he regresado a la tierra que me vio nacer, subyugada todavía por la vida y el bullicio de una ciudad dinámica y atrayente como es Londres, ha potenciado más en mi el sentimiento de mundo caduco que se extingue y al que quiero rescatar. Pero no nos engañemos quiero rescatarlo en mi memoria, quiero rescatarlo para contarlo, quiero rescatarlo para transmitirlo, no quiero rescatarlo para vivir en él, pues un mundo que se derrumba, invita ineludiblemente a huir de él.
Comienzo pues esta cuaderno de bitácora sin rumbo fijo, sin tener claro adonde dirigiré esta nave que espero que se llene de palabras y que arribe a algún puerto, cualquier puerto.

1 comentario:

Enrique dijo...

Bienvenida a este mundo de los cuadernos de bitácora.

Espero que nos cuentes cómo son esas palabras ;-)